
Me pregunto si alguna vez aprenderé a irme tanto como otros se han acostumbrado a que lo haga. Si dejaré de estar como ida. Me pregunto si algún día no dejará de extrañarme la falta de besos de despedida. Si en algún momento, recoger los papeles de la mesa y cuidar bien de que no me dejo nada, dejará de afectarme. Por no hablar de las bolas... las malditas bolas de papel. La cuestión siempre sigue siendo el porqué de irse mientras otros se pueden quedar. Me pregunto si alguna vez dejará de temblarme la voz al decir “adiós”, incluso “hasta luego”, en vez de “hasta mañana”.
El único consuelo que queda, mientras Los Secretos suenan de fondo en el coche a todo volumen y de manera no intencionada aunque se trate de un disco, es saber que, una vez más, me voy habiendo crecido. Y con cierto sentido, me da por pensar que quizás la próxima vez que tenga que irme, o a lo mejor dentro de un par de veces, haya crecido tanto que no quepa por la puerta; que no tenga que irme. Que no pueda irme.
De algo tiene que servir que el auricular del teléfono esté compuesto cada vez de menos plomo. De algo tiene que valer haber aprendido a ser capaz de aguantar hasta las siete de la tarde, sin gotas de sudor que delaten, sin saber muy bien cuál va a ser la noticia del día siguiente, y de mucho debería servir haber comprendido cómo se doman las salvajes informaciones de los caballitos ponis. Digo yo que para algo servirá haber aprendido lo que es la intuición y qué utilidad puede tener cuando nada parece cierto, y haber aprendido a tratar con tacto a los contactos...
“Nunca he sentido igual una derrota, que cuando ella me dijo ‘se acabó’”... Malditos avituallamientos...
Canción de la semana: “Sí, quiero” (Tontxu)
“A mí no me hace falta firmar tantos papeles para decirte que te quiero, me sobran las palabras, me quedo con los gestos que son mi santo sacramento”