
Ahora el cajón de las patatas a menudo huele mal. Fatal. Se pudren en el olvido y cuando abro la puerta y de repente el olor se cuela hasta el alma, suspiro de alivio al darme cuenta de que el tuyo, aún con el paso del tiempo, perdura. Y aunque tú te enfadabas cada vez que te decía que tu ropa olía a ti, lo sigue haciendo. Sigue oliendo a ti. Sigue oliendo a ti la camisa negra y verde que te ponías, con el primer delantal que encontrabas en el armario, para cocinar esa tortilla de patatas que nunca nadie logrará repetir. Lo sé porque el otro día la vi en la silla de la ropa limpia. La cogí y la acerqué a la cara. No me preguntes por qué lo hice. Supongo que a veces necesito creer que nunca te fuiste. Que ha pasado un año y volverás ahora de Alicante, con ellos, del viaje que tenías pensado hacer aquella semana y que solo te dio tiempo a planear. A empaquetar. Otras veces se me ocurre que no me gustaría que volvieses. Me acuerdo de los gatos a los que dábamos de comer en la ventana. Para ellos te fuiste mucho antes. En vez de culpar al servicio de urgencias del hospital y a toda aquella cola de gente con un estúpido dolor de cabeza, seguramente ellos maldigan a mi infancia. A la de mis hermanos. Y al día en que ésta desapareció y ya no hubo necesidad de darles de comer, aunque ellos siguiesen hambrientos. Como tu corazón. Se paró y hasta entonces tuvimos noticias. Una cada seis horas. Pero el día que te fuiste los médicos decidieron que ya no había necesidad de darnos información. Aunque yo siguiese hambrienta de explicaciones.
Acordándome de esto es cuando se me ocurre que no me gustaría que volvieses. Que no me gustaría tener siete vidas como los gatos. No soportaría perderte otra vez. Ni siquiera soporto recordar la noche en la que te convertiste en el final triste de la bella durmiente. Mi pregunta al abrir la puerta de casa. La respuesta del abuelo. Tu voz saliendo del cuarto de baño. Luego de la habitación. Las sábanas rosas. Las malditas sábanas rosas. Las llamadas de teléfono. La centralita de servitaxi y los mil números que marcar. La espera del taxi. Mi mano en tu tripa. La llegada a Urgencias. Los cuestionarios. Las sillas rojas de la sala de espera. La torpeza del abuelo. Las llamadas. La espera. Los paseos por la sala de espera. Mi tono impaciente con el médico. Tus tímidos gritos de dolor. Tú tan presumida como siempre. Tu bronca y tus collares antes de hacerte la radiografía. Las pruebas. El sueño. La espera. La espera. Tú entrando sola con el médico. El tiempo. Las llamadas. El diagnóstico entonces esperanzador y ahora equivocado. Tú tumbada en una camilla con tu vestido rojo, a lo lejos, inconsciente... y yo deseando volver a probar tu tortilla de patata lo antes posible.
Canción de la semana: Summer of 69 (Bryan Adams)
“And now the times are changing, look at everything that’s come and gone, sometimes when I play that old six string think about you, wonder what went wrong...”