La metí en el bolsillo del vaquero, para no perderla, porque si se hubiese perdido no habría encontrado el camino de vuelta ni queriendo;

En cuanto se rompió, me inventé un cuento; un cuento que pensé que sería japonés, de Imabari, con olor a soja y sabor insípido a arroz. Un cuento con kimono de geisha y atuendo de samurai. Un cuento elegante, serio, respetuoso, como lo son los nipones. Un cuento, como los japoneses, de esos que se leen del final al principio; al revés. Pero hoy que te he vuelto a ver me he dado cuenta de que era chino; un cuento chino. Uno de esos que no se lo cree ni quien lo escribe. El mío no hay quien se lo crea. Y mira que me quedó bonito; especialmente esa parte en la que el olvido llegaba descalzo, sigiloso, como se sube a un tatami, al oír el imperceptible sonido de los hilos desgarrándose, y se apoderaba de quien, hasta entonces, había llevado la pulsera encantada alrededor de la muñeca. El hechizo se rompía y la magia desaparecía sin ningún tipo de dramatismo. La fe en el amor tenía la caducidad de una pulsera deshilachada. Y fin.
En realidad yo no quería olvidarte, solo pretendía no recordarte, y aquella historia funcionaba, menos cuando llegaba la hora obligada en la que yo hacía mi trabajo y tú aparecías entre listas de correo. De acuerdo, quizás me acordaba de ti en más momentos, pero la historia de la pulsera parecía llevar a un final feliz; no al que me hubiese gustado, pero sí a un final feliz.
Sin embargo, hoy me he dado cuenta de que no conté con tu sonrisa; esa que destroza todos los esquemas. Incluso los japoneses. Y mira que eso es difícil.
Disco de la semana: 4.000 Palabras (Conchita)
Canción: Dónde lo guardo... “Prometí no dar señales de vida y hasta hace un rato estaba ahí, escondida, diciendo a la gente que todo pasó, que cayeron tus ruinas (...) pero dónde lo meto, dónde lo escondo, dónde lo guardo; mientras te olvido, todo el amor, ¿dónde lo escondo? Que lo he intentado y no hace ni caso, dónde lo guardo...”